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Pinos navideños, tradición que perdura

El árbol de Navidad, ya sea artificial o natural, es el elemento decorativo y tradicional de los hogares en estas fechas. Durante diciembre y parte de enero en todas las casas el centro de atención es el árbol.

En medio del olor a pino, el sonido musical de las luces para los árboles, locales de nacimientos y flores de Nochebuena, los hogares mexicanos esperan con ansias las festividades de Fin de Año, desde las posadas hasta la cena navideña y de Año Nuevo.

Según historiadores, éste podría tener su origen en los celtas de Europa Central, quienes acostumbraban usar árboles para representar a varios de sus dioses.

Esta cultura, además, coincide con la celebración de la Navidad cristiana, celebraba el nacimiento de Frey, Dios del Sol y la Fertilidad, adornando un árbol que era llamado “Divino Idrasil” (Árbol del Universo), del cual se decía que en su copa se encontraba el cielo y en sus raíces profundas el infierno.

Extendiéndose el cristianismo y luego de entender que existían tradiciones consideradas paganas que no podían desarraigarse tan fácilmente, se buscó empatar las dos.

San Bonifacio, evangelizador de Alemania, fue uno de los promotores de esta mezcla de costumbres, ya que, cuenta la leyenda, fue quien reemplazó uno de los árboles que representaba al dios Odín por un pino para honrar al Dios cristiano.

Finalmente, se cree que el primer árbol de Navidad formal apareció en Alemania en el año 1605, ya con la mayoría de los elementos que se conocen ahora, y de ahí fue extendiéndose a todo el mundo cristiano.

En México una gran opción para adornar los hogares son los árboles naturales. La producción nacional enlista como mayor al Estado de México y a Guanajuato. Le sigue Puebla, Michoacán, Veracruz, Tlaxcala, Coahuila, Durango, Zacatecas, Hidalgo, Querétaro, Tamaulipas, Jalisco, Oaxaca, Nuevo León, Aguascalientes y Morelos, que entre todos generan cerca de 800 mil árboles para este año.